mi pequeño rincón para compartir alguna cosa que escribo

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Respirando consciente, escribiendo inconsciente

La ansiedad de no tenerte
no me deja respirar.
Ni siquiera es miedo a perderte;
ya que nunca fue jamás.

No es romántico, lo sé.
Muy dramático tal vez.
Pero así de raro es lo que siento:
extraño extraño sentimiento.

Cada aliento que respiro
lo siento si no lo olvido
por alguna distracción.
Sino, soy de él consciente
como si a mi subconsciente
no le perteneciera la acción.

Y es que mucho me preocupa
que mi mente así se ocupa
de mi respiración.
Y le temo al calendario,
miedo a que se haga largo
y así más preocupación.

Como un círculo vicioso
cuanto más me preocupo
así crece mi ansiedad.
Y cuanto más me pongo ansioso
gira el círculo vicioso
y vuelve la anormalidad.

O eso creo, no lo sé.
Y es que es raro, sí, lo sé.

Extraño… así me siento.
Controlando a ratos mi aliento
En vez de en la forma normal.
Por suerte de ratos
con suerte, cada vez más largos
vuelvo a la normalidad.

Quiero las palabras de un amigo,
un compañero del destino
que me quiera acompañar.
Y quiero ¡cómo quiero estar contigo!
Me es un sueño que persigo
sin esperanza de llegar.

Y así, busco consuelo en la poesía,
siempre fiel amiga mía
cuando habla el corazón.
Y habla… por ti, niña bonita
por esta vida bendita
y por esta situación.

Perdonamé el romanticismo
que entre tantos, tantos ismos
siempre me ha sido el mejor.
Como ella-otra decía
los sentimientos envenenan
de guardarlos en el corazón.
Y además me da la  calma
que me tranquiliza el alma
y me es la sanación.

Y así, los vierto con poesía
con un toque de tanguero,
con un toque de pintor.
Con un toque de paloma,
con un toque de calandria;
con un toque volador.
Dando, pinceladas sin patrones
escribiendo los colores
que el alma siempre sintió.

Así, con un poema divagante
busco la forma elegante
de calmar esta aflicción.
Y así, espero alma mía
que en algún día
compartamos… emoción.

Tirada de versos alejandrinos

Como fuego que sin humo negro, negro quema,

el cielo arde como con una pena de diciembre

y yo aquí ardo frío, como el cielo, por lo bajo;

como el sonido de un bajo ronco que ronca y sueña.

Sueña que yo sueño que no sueño realidades,

sueña que realmente nuestros sueños son verdades

y en el sueño yo sonrío y río por lo bajo.

El Planeta Solitario

Monter y Kapula bailaban, como lo habían hecho por miles de milenios. Monter y Kapula estaban solos, más solos que nadie ni nada, como lo habían estado desde un día que se perdía en el tiempo. Era el espacio y ellos dos.
Si hubieran estado cerca de nosotros y nuestro sol, nuestros astrónomos se hubieran peleado por decidir si Monter, dos veces más grande y siete veces más pesado era el planeta y Kapula, más pequeña pero aun un poco mayor que la Tierra, era su luna, o si ambos merecerían ser llamados planeta doble. Sin embargo, eso no importaba; pues los astrónomos no sabían de su existencia y, posiblemente, jamás lo sabrían. Porque Monter y Kapula no orbitaban alrededor del sol. Porque no orbitaban alrededor de ninguna estrella. Era el espacio y ellos dos.
Eran dos motas de polvo en la galaxia, y de un disco de polvo que giraba entorno a una estrella nacieron, como lo hacen todos los planetas. Pero nacieron junto a un gigante, un Júpiter candente; demasiado cerca de él, y, cuando la estrella y sus planetas eran aun jóvenes, Monter y Kapula fueron lanzados al vacío y frío espacio.
Como si fuera un castigo por echar dos de sus mundos, la estrella no tuvo nunca ningún mundo con vida. Desde algún punto cielo, el mar de Monter se reía de la ironía…

Monter, perdido entre las estrellas como estaba, y sin estar lo suficientemente cerca de ninguna, se reía del azar y se burlaba de la probabilidad con quince lagos, lagos de agua líquida. Si estuviera tan cerca de un sol como nosotros, sería un mundo océano. Pero, estando a años-luz de la estrella más cercana (por no nombrar de la “zona habitable” en la que podría albergar vida), muchas partes de su superficie ardían a casi cinco grados centígrados, más que suficiente para que el agua dejara de ser hielo.
Una de esas zonas calientes se encontraba en lo que sería su ecuador, en un lago sobre una falla, sobre un gigantesco volcán en potencia y varios más pequeños que ocasionalmente volcaban magma y el vital calor. Monter tenía un interior muy vivo, lo suficientemente radioactivo para que se mantuviera caliente por eones. Kapula lo ayudaba, la gigantesca luna, tan helada como se podría esperar de una roca perdida en el espacio, tiraba de su planeta hermano con mareas tan fuertes que ayudaba a que su corteza se rompiera con terremotos y volcanes. Y una atmósfera densa conservaba el calor que liberaba Monter de sus entrañas, guardándolo como lo que era: la mayor riqueza en el espacio.
En aquel lago ecuatorial, la temperatura era, en el mejor de los casos, suficiente para la hipotermia. El aire, espeso e irrespirable. La tierra, radioactiva y surcada de volcanes. El agua, ácida y cargada de azufre y otras impurezas. La noche, eterna. En otras palabras, era un milagro, un oasis perfecto para la vida.

La luz era algo desconocido en el planeta, por lo que la fotosíntesis y las plantas de un verde brillante eran impensables. Pero el agua con su acidéz permitía que corales de bacterias vivieran descomponiendo minerales en las formas que más le servían. Y ellos eran solo la base de toda la red de vida de ese lago. Pero, entre todas los seres con vida de ese lago, ninguno era tan interesante que los monteranos. No eran grandes, sus dos centímetros de largo no competerían nunca con los veinte de los “herbívoros” más grandes (que eran verdaderas ballenas en Monter) ni con los cinco de los edarios, la fiera que aterrorizaba los lagos de Monter como si fueran tiburones, por no nombrar a las decenas de metros que podían alcanzar los corales más colosales. Los monteranos tampoco eran los más rápidos ni los más fuertes, pero algo los hacía especiales: eran las únicas criaturas en el mundo solitario que no eran solitarias, las únicas que vivían en colonias, construían colmenas y cazaban sus presas en jauría.
Y un día (es decir, en un momento de la eterna noche), un monterano, por alguna razón, miró hacia el cielo. Era algo sin sentido, mirar el cielo no tenía ninguna ventaja para conseguir comida, ni para reproducirse, ni para nada que el instinto le guiase hacer. Pero sus ojos (que, por supuesto, no eran sensibles a lo que nosotros llamamos “luz” sino a la radiación infrarroja, la del calor, que sí estaba presente en su mundo) vieron que, por encima de todo lo que conocía, habían puntos de luz infrarroja y un lejano círculo apenas visible. Los monteranos, habían visto el cielo, conocido las estrellas y su luna, a pesar de que su instinto no lo demandaba. Monter tenía inteligencia. Menor a la que le daría un mamífero si allí lo hubiere, pero inteligencia al fin.

Poema de casi amor ;)

Te amo. Ya no. Te amo, ahora sí.
Confundido. O no. Así yo nací.
Sonrío ¿a tí? Me río. A tí, sí.

Te ríes, en algún lugar te ríes.
Sonríes, junto a mí tú sonríes
No tiene sentido. O talvez lo tiene sí.

No te amo, porque te amo así.
Sí lo hago, y no siento nada por tí
Yo quiero amarte, pero reparo que no
No me importa, no me importa ahora, no

Te amo. Ya no. Te amo, ahora sí.
Confundido. O no. Así yo nací.
Sonrío ¿a tí? Me río. A tí, sí.

Ella, que es vida.

Tu sonrisa es el cielo
Tu cabello es el mar
Y el sol son los ojos
Que no me atrevo a mirar

Es tu risa la luz
Que brilla más al hablar
Escucharte es un sueño
Y no quiero despertar

El viento es un beso
Que te tira al atardecer
Un sol vergonzoso
Que no evita enrojecer

Las olas te saludan
La nubes te quieren ver
Solo por ti cada mañana
Hay un amanecer

Por tí arde el verano
Que muere a las hojas caer
Para al cabo de un año
Por fin volverte a ver

Y por tí es que yo escribo
Porque todo a tu alrededor
Se vuelve palabras para
Este poema de amor

Un soneto a la música

A las ondas me lanzo, música mía
Como buscando un mundo colorido
En tu bello universo de sonido
Que siempre me es dulce compañía

Me vuelvo a estas ondas en todo día
A las musas dedico yo mi oído
Nada puede darle aún más sentido
Que esa fuerte magia de la melodía

La fuerza, la energía creativa
De la mente inquieta de su autor
Se hacen movimiento y alma viva

Despejo hoy la mente del temor
Y admiro la emoción que es nativa
De tus acordes y cantos de amor

Explosión

A veces tengo momentos
En los que todo me frustra
Y mi único sentimiento
Es explotar

El ruido siempre presente
No para de molestarme
Las cosas que hace la gente
Me hacen explotar

Explosión
Como un grito de locura
Reprimido en un suspiro
Que termina en olvido

Explosión
Sin una causa verdadera
Sin contar alguna pena
En el corazón

Cuando sientes que todo sale mal
Cuando ya no puedes ni respirar
Y pensás que nunca va acabar

Cuando te sientes cansado y no sabés por qué
Cuando odias al mundo y a ti también
Cuando todo, todo, todo es tu enemigo

Llega el momento de explotar
De gritar, de correr, revolucionar
De patear la mesa y de llorar

Pero no quieres que se entere nadie
Por eso tu grito queda en el aire
Como un suspiro que nadie escuchará

El sentimiento de explotar
Se transforma en implosión
Y otra vez se vuelve a suicidar
La emoción

Con el puño apretado, querés gritar
Pero sigues sentado, en tu lugar

Hipocresía
Maldita tiranía
Impuesta por tu mente
Ante el resto de la gente

Y sigues queriendo explotar
Al ruido enemigo asesinar
Porque no te deja ni pensar

Y sigues queriendo gritar
Con tu voz afónica
Callándote por tus
Razones tan tontas

Pero un día no me quedaré así
Algún día reaccionaré
Porque mi mecha encendí
Y algún día explotaré

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